"Hablame de mi" me dijo en un error de sintaxis y con acento tan marcado que hizo escapar una risa de mis labios. Su mano entre la mía y París que se silenciaba de solo mirarle, el único café que alguna vez me dejo invitar y un cigarrillo compartido traído desde mi patria humeaban sobre la mesa del pequeño bistro en alguna calle perdida que nunca supo lo mucho que significó para mi.Y ahí estaba usted, con esa mezcla de muchacho inocente apenas convertido en hombre, acomodándose los lentes y sonriéndome satisfecho de su buen español.
"Le hablo de usted?" repliqué irónica como una maestra que corrige a un niño pequeño. Le hablo de usted: de esa forma tan irritante que tiene de hacerme sentir la única persona realmente viva en medio de una ciudad que parece dibujarse y cobrar vida a medida que caminamos por ella; le hablo de como mis manos no sabían que existían hasta que las tomo entre las suyas; le cuento que no existe nada en este mundo que me de tanto vértigo como mirarme en sus ojos y como me enternece el alma esa forma particular de retorcerse la oreja cuando tiene sueño; le cuento en voz baja y en confidencia el secreto mas grande que usted guarda y es que desconoce que esa sonrisa es un milagro.Y le hablo de lo mucho que he aprendido a su lado y de todo el camino que queda por recorrer.
Se sorprende primero, se sonroja después y finalmente decide revisar mentalmente sus lecciones de español.
El café en la mesa se enfrió y el cigarrillo se apago y ahora le agradezco yo a usted, su manera tan particular de nombrar a la segunda persona del singular.
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