Dormí poco, dormí mal, como habitualmente... Tengo frío, tengo hambre, tengo sueño y me faltan ganas.
El trabajo se hace pesado a eso de las 12:56 el reloj parece no avanzar... Muy por el contrario siento que retrocede.
Pero todo llega y la hora de almuerzo me encuentra revisando los bolsillos de una mochila que hace poco herede de alguna prima (no me pregunten de quién, tengo más de 50!) En busca de monedas para poder comer... En busca de esa moneda que descuidadamente en tiempo de abundancia, si es que existe tal cosa, haya ido a parar olvidada. Esa moneda salvadora! Dichosa moneda de canción zurdita: quien la rebusca la tiene! Y la cuenta era fácil: sin ella era el hambre... Con ella mitigaba la tarde y engañaba al estómago.
Ah! Si fuera un Mitre de los de antaño estaría más a mano... Yo siempre lo tenía en cuenta.
Y no hay caso che! No aparecía la muy escurridiza y el bolsillo delantero de la mochila heredada se me pareció un instante un abismo inescrutable, tuve miedo de encontrar un pequeño dragón custodiando su tesoro, aferrado a MI moneda dispuesto a escupir fuego por las fauces.
También pensé la opcion más racional que consistía claramente en vaciar la totalidad del contenido del bolso sobre el escritorio de mi jefa al grito de "Dale! Loco!!! tengo hambre!" Esto se estaba convirtiendo en una gesta imperativa, ya ni sabía si tenía más hambre que determinación.
Y estuve apunto de hacerlo cuando note el frío metálico circular con mi dedo meñique y con gesto de Victoria lo enganche entre las manos y de un tirón lo saqué a la luz.
Pero entonces entre sorpresa y asombro me ví mirando a los ojos al Amor de Amores, me encandiló el brillo de un Corazón Sagrado. Me dio vergüenza mi mezquindad, buscando una moneda para comer, como si no hubiera comido en todo el día... Perdiendo la paciencia por un bolsillo oscuro interminable, renegando del reloj. Mientras que El en silencio esperaba ser descubierto.
No era mía la medalla de plata que sostenía en mis manos. Debía ser de alguna prima, pero cual? Ni sabía de dónde había venido la mochila. A quién se la devolvía? Y quién más que yo la necesitaría?
Ya la vei relucir en mi pecho, como una excelente excusa para contar un cuento. Ya la sentía mi consuelo, mi compañero... Cuando mi tía entró por la puerta con la velocidad de alguien q dejo mal estacionado el auto y sabe que la grúa pasa.
Me habló de su yerno internado, de su hija a punto de tener mellizas y las preocupaciones que todo esto generaba.
Estoy segura que fue mi ángel de la guarda, porque por mi no lo hacía, ya te dije, soy mezquina. Le pregunté si reconocía la mochila. "Ah! Si! Te la mandó Vicho" (el marido de mi prima, el mismo que estaba internado).
"Bueno, decile que lo buscan." Contesté con una sonrisa mientras le extendía la medallita.
Y no hace falta que les diga que aunq no se me curó lo mezquina, lo quejosa y lo egoísta, no hay duda que sentí la Gracia Divina.
"...añadidura."
Qué si almorcé? Claro q si!! Yo nunca me quedo sin comer!!
miércoles, 16 de mayo de 2018
jueves, 3 de mayo de 2018
Tres años cumplió
Y aunque no tenía zapatitos mágicos siguió caminando. Porque en realidad nunca tuvo zapatos mágicos, cuando tenés tres años los zapatos son molestos, se interponen entre el placer de sentir el pasto húmedo en la planta del pie y sentir el barro escurrirse entre los dedos y el posible chirlo de mamá por andar en patas.
Con zapatos, zapatillas, alpargatas correr se convierte en deporte (y si es con ojotas deporte extremo) pero no en diversión... Todos sabemos los riesgos de subir a un árbol con las zapatillas puestas un resbalón te puede costarte un porrazo.
Si tuviera los pies encerrados, como me dijo una vez, no sabría donde conviene pisar para no clavarse espinas.
Los zapatos son un invento que nos ponen los pies blanditos y al final duele más andar y dan olor a pata. Como las botas de lluvia, pero ahí es distinto porq a siempre pasa lo mismo, haces berrinche por ponerte las botas y a los 15 minutos de chapotear tenes los pies pringados y queres terminar con la tortura... Como con los pirulines, pero eso ya es otra historia.
La cosa es que tenía los pies libres, y un vestido de princesa, porque su mamá se lo puso y como buena mamá le dijo que ella era una princesa. Y aunque no tenía idea de lo que significaba ser una princesa y menos una de cuento, ella siguió con sus juegos de la forma esperable: esquivando espinas, cantando una canción repetitiva pero con vestido celeste y rosa de raso brillante y moños de tul.
En eso estaba cuando la ví venir salticando y se detuvo en seco cuando me vio, sonrió cuanto le daban sus cachetes, que creanme es mucho y en un gesto completamente torpe e inocente se agarró el vestido desde los talones y levantándolo hasta las rodillas improviso una reverencia al grito de "soy una princesa!! Mira! No tengo zapatos!" Como si no tenerlos fuera condición fundamental para ser de la realeza, como si por tenerlos ya no tuviera que proclamar su trono. Y sobretodo como si esperará mi aprobación.
Se vengó a su modo de mi insurrecta carcajada y retomando carrera se me colgó del cuello haciéndome caer de traste y me estampó un beso.
Ahí tendida en el piso por la cariñosa estampida entendí dos cosas, la primera es que ella nunca se creyó princesa, sabe que no lo es, sabe que todo esto es parte de jugar a ser otra cosa por un rato, que el trato que merece no lo gana su vestido y la segunda... Bueno, ahora andamos descalzas las dos con los pies sobre la tierra y el corazón en el cielo. Devolviendo besos a los que se burlan de los pies desnudos.
Y creo que en realidad en eso radica la realeza.
Con zapatos, zapatillas, alpargatas correr se convierte en deporte (y si es con ojotas deporte extremo) pero no en diversión... Todos sabemos los riesgos de subir a un árbol con las zapatillas puestas un resbalón te puede costarte un porrazo.
Si tuviera los pies encerrados, como me dijo una vez, no sabría donde conviene pisar para no clavarse espinas.
Los zapatos son un invento que nos ponen los pies blanditos y al final duele más andar y dan olor a pata. Como las botas de lluvia, pero ahí es distinto porq a siempre pasa lo mismo, haces berrinche por ponerte las botas y a los 15 minutos de chapotear tenes los pies pringados y queres terminar con la tortura... Como con los pirulines, pero eso ya es otra historia.
La cosa es que tenía los pies libres, y un vestido de princesa, porque su mamá se lo puso y como buena mamá le dijo que ella era una princesa. Y aunque no tenía idea de lo que significaba ser una princesa y menos una de cuento, ella siguió con sus juegos de la forma esperable: esquivando espinas, cantando una canción repetitiva pero con vestido celeste y rosa de raso brillante y moños de tul.
En eso estaba cuando la ví venir salticando y se detuvo en seco cuando me vio, sonrió cuanto le daban sus cachetes, que creanme es mucho y en un gesto completamente torpe e inocente se agarró el vestido desde los talones y levantándolo hasta las rodillas improviso una reverencia al grito de "soy una princesa!! Mira! No tengo zapatos!" Como si no tenerlos fuera condición fundamental para ser de la realeza, como si por tenerlos ya no tuviera que proclamar su trono. Y sobretodo como si esperará mi aprobación.
Se vengó a su modo de mi insurrecta carcajada y retomando carrera se me colgó del cuello haciéndome caer de traste y me estampó un beso.
Ahí tendida en el piso por la cariñosa estampida entendí dos cosas, la primera es que ella nunca se creyó princesa, sabe que no lo es, sabe que todo esto es parte de jugar a ser otra cosa por un rato, que el trato que merece no lo gana su vestido y la segunda... Bueno, ahora andamos descalzas las dos con los pies sobre la tierra y el corazón en el cielo. Devolviendo besos a los que se burlan de los pies desnudos.
Y creo que en realidad en eso radica la realeza.
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