lunes, 10 de febrero de 2014

En la Tierra de los Espejos

Pase dos horas y quince minutos casi-parada o semi-sentada incómodamente, buscando posición en el mismísimo rutinario 60 de todos los días, el de las 19.17 que siempre pasa a las 19.48 o a veces 19.12 y lo pierdo… y otras 19.59 y lo espero de más, en fin… el mismo cuento.
Tan incómodamente venía de espaldas al mundo y al ventanal, con el bolso de un viaje fugas, como suelen ser todos mis viajes últimamente y el cansancio de nunca acabar como vienen siendo mis cansancios lamentablemente; que hasta pase de largo la esquina de Palermo sin darme cuenta y eso agravó mi malestar. Eso y el hombre poco higiénico que de pie frente a mi también buscaba posición, y entre su camisa a cuadros que se desfiguraban por su contorno, sus bombachas de gaucho gastadas y las alpargatas húmedas lo único que me desequilibro mentalmente fue darme cuenta que el hombre de barba sufría la humedad capilar de igual manera que yo. La similitud entre su larga y ondulada cabellera con la mía fue atroz, lo sentí como un insulto a mi propia femineidad: me ha tomado largo años de varios intentos fallidos el domar mis rulos y ahora que me siento cómoda con lo único que, creo yo, me otorga personalidad; me encuentro frente a este pecado de estética: ese hombre me robo mi cabeza!
Intente mirar por la ventana el atardecer entre nubes grises y respirar aire puro, si es que hay aire puro en la pecera en la que se ha sumergido la ciudad desde hace ocho días. Todo fue en vano. Intente subir el volumen a la canción que escuchaba en el auricular del teléfono, la misma canción que venia tarareando desde las nueve de la mañana. También en vano, volumen al máximo y aun así podía escuchar la conversación de la señora que, semi-sentada como yo, mantenía con su hija: hablaba de un bebe que acaba de nacer y lo feliz que eso la hacia; por un instante un pensamiento cruzó por mi mente y fue rápidamente rechazado, no podía pedirle que se callara o que moviera su mano del caño del que estaba sujeta porque mi espalda estaba también apoyada en él y me hacia cosquillas, por el simple hecho de que no tengo cosquillas y porque en realidad pensé con resignación “que más da, estamos en la misma incomodidad después de todo”.

Finalmente el hombre que me había robado el peinado bajó, la mujer logró seguir su conversación desde la comodidad que le otorgaba un asiento y las caras del 60 se fueron renovando hasta que caí en la cuenta de que la única que seguía allí desde el inicio del trayecto era yo, el resto de mis compañeros fortuitos de viaje ya habían llegado a destino. Y yo seguía escuchando la misma canción (la misma que estoy escuchando en este momento mientras escribo, la misma de esta mañana). Una lágrima de nostalgia fue contenida a tiempo, inexplicable, me sorprendió. No siempre me pasa, casi nunca me pasa… casi nunca las dejo acercarse hasta ese punto tan peligroso. Solo les permito camuflarse entre la emoción de una buena película o una no tan buena. Ni siquiera cuando estoy sola, eso jamás, nunca es bueno. Pero ahí estaba y era innegable: quería salir. No tuvo tiempo, el puente del río y la plaza húmeda iluminada por los faroles me avisaban la parada. Había llegado a casa.

La misma canción. El portón de casa que cuando llueve no chilla disimuló mi llegada al hogar, para todos… excepto  para el lobo negro que corrió a mis pies y saltó sobre mi bolso y movió el rabo en señal de feliz bienvenida, Una caricia y una mueca casi una sonrisa fue todo lo que el pobre animal recibió a cambio de su efusividad. Estaba cansada.
Cuando subí a mi cuarto y encontré la luz del velador mientras me chocaba con los muebles me di cuenta que en mi ausencia no solo había llovido afuera: una alfombra  de toallas mojadas cubrían el suelo. Las pateé con bronca y abrí la ventana; en el instante en que prendí un cigarrillo, por un descuido la lágrima escapó y a ella le siguieron otras. Y atreves de ellas creí ver que el charco del jardín se convertía en otro mundo: en un mundo reflejado y patas para arriba. Recordé al inocente Smith para el cual “el cielo de abajo parecía aun mas hueco que el cielo de arriba: sentía la horrible impresión de que si contaba las estrellas, en el charco sobraría una.”1. En mi charco no se si sobraba la luna, pero ahí estaba, no era redonda, no era feliz, pero se abría paso entre las nubes del cielo, tanto arriba como abajo. Algo en esa luna terrible patas para arriba volvió a acomodar el cause de las cosas y aunque los motivos del desagüe seguían vigentes de pronto no parecieron tan importantes, ni tan graves como la luna que ondulaba entre el pasto que asomaba entre ella y me pareció tan pequeña y prisionera de su propia soledad, mucho más cercana de lo que nunca había estado.

Sequé mis lágrimas y mis ojos subieron y bajaron del cielo al charco. La tormenta había terminado y la canción fue finalmente interrumpida por una voz en el teléfono que sonó como un reflejo de ese charco. Volví a recordar a Innocent Smith por aquello de “hay una verdad mística, una verdad hasta monstruosa, en el hecho de que dos cabezas valen más que una. Pero ambas deberían brotar de un mismo cuerpo.”2




1-2: pag 133; pag 135. Hombrevida, Gilbert K. Chesterton. HUEMUL.