sábado, 29 de marzo de 2014

Roma, Italia 25 – 10 – 2009

Primer día, el hostal estaba ubicado a unos 10 kilómetros de la capital, fue muy difícil de ubicar, tratar de cambiar el chip que uno tiene después de hablar dos meses en francés y pasarlo al italiano, tratar de pronunciar las palabras como si realmente fueran dichas en italiano, cuando en realidad seguimos hablando español o inglés o francés o incluso latín…no es cosa facil:
Después de instalarnos y recuperar aliento por el viaje en tren, decidimos colgarnos las mochilas al hombro y solo con una botella de agua bien fría y un par de galletitas de agua emprendimos el camino a pie hasta la magnífica Capital del mundo... dos horas y media más tarde con calor, porque aunque ya casi empieza el invierno Roma arde como en sus peores épocas, recargando la botella en fuentes públicas y almorzando solo lo que nos sobrara de nuestro paso por Turín, nos sentíamos tan felices como perdidos… y pensar que realmente todos los caminos conducen a Roma y nosotros fuimos a dar solo con el único que lo hacía pero de una forma zigzagueante.

Desde una de las siete colinas que rodean esta ciudad contemplábamos absortos las montañas sabiendo que era realmente lo único que no cambio y tratábamos de imaginar a Julio Cesar desde su palatino admirándolas también. En silencio, casi sin fuerzas y 2000 años después, tres argentinos nos quedamos sin aliento… unos enanitos comparados con ellas, hormiguitas que quieren creer que forman parte de la historia.

Como estos tres peregrinos, después del Cesar hubo millones, como los mártires del coliseo ninguno... esa sangre, esa sangre que se empapó en esas tierras que le dio vida a Roma que la hizo grande, que la hizo eterna y nosotros, minúsculos seres espiando por las rendijas, tratando de respirar del mismo aire, queriendo escuchar sus oraciones, sus cantos entre los rugidos de las fieras que esperaban darle muere y desmembrarlos hasta que sean lo suficientemente livianitos como para alzar vuelo y llegar a Dios... y otra vez nosotros entre payasos, que disfrazados de romanos de antes pero con zapatillas "all star" quieren venderme una foto con ellos y así profanar esa sangre... esa bendita sangre cristiana de los valientes de antaño. Dónde están esos cristianos?? en que catacumba de prejuicios humanos nos encerró el siglo 21? por qué los olvidamos? por qué dejamos de lado ese testimonio silencioso de miles de almas que dan gloria al creador, mientras alrededor suyo sus pares, sus compatriotas... sus familias gritaban como poseídos provocando a las fieras y a veces a los gladiadores para que terminen con sus vidas?
Oh!! Gloriosa muerte!!! Que cobardía, que tibieza de espíritu, si de verdad parece que los escuchara... siento que los veo de rodillas, los brazos en cruz, el alma en gracia conociendo y amando su muerte!!! Gloriosa muerte!!
El alma se acalla… busca el silencio y la ciudad ofrece ruido y miles de calles entrecruzadas e inescrutables, calles que se mezclan, que se funden... y en esas calles mas de 200 iglesias cobijan al Salvador, solo en ellas el exterior se queda donde está y uno vuelve a respirar la fe, en ellas los restos de los grandes Santos descansan en paz, reliquias y arte se esconden en ellas y se vuelven magnificas. Esas Iglesias de Roma que guardan secretos nos inundan de fe... pero solo una de ellas tiene una cunita, una cunita ahora guardada en cajita de oro, pero antes... ay!! Antes, hace más de dos siglos, esa cunita la improvisaron las manos fuertes de San José y esa cunita de madera simple y fría sostuvo el cuerpito del Niño Dios. Y pensar que fue el primer leño en el que se poso Su cuerpo, un leño de amor y Su Madre en ese momento, en que pensaba?? Habrá pensado en aquel otro leño?? En aquel otro de dolor, de redención? Seguro que sí. Y ese Niño?? Ese Niño bonito que la andaba adivinando su pesar, casi como para tranquilizarla en esa cunita chiquita, de madera y fría se quedo dormido... mientras afuera se escuchaba "Gloria in excélsis Deo" en canon por los ángeles… el ruido vuelve y caigo en la cuenta de que no estoy en Belén, no es Navidad y ya no hay ángeles o por lo menos no los puedo escuchar: esa cuna ahora está rodeada de ojos curiosos que no saben ni siquiera que está ahí... Porque en Santa María la Maggiore no hay cartel que indique la excelencia de lo que guarda ese cofre... y creo que es mejor así, El siempre se esconde... y yo quisiera que se escondiera siempre dentro mío.


Dejamos atrás Santa María y nuestros pies nos llevan hasta la Nueva Vía Appia y por ella nos alejamos sin mucho rumbo, la noche va cubriendo nuestros pasos y la luz de las calles se vuelve dorada… finalmente nos reconocimos perdidos y decidimos retomar el camino de vuelta… porque el hecho de que todo conduzca a Roma hace más difícil la ida a cualquier otro lugar.

El Tiber zigzagueante y la noche ya entrada, cálida de otoño, las hojas de los arboles nos dan un colchón húmedo sobre el cual caminar... la ciudad parece de fuego. Por la orilla del rio buscamos a San Pedro... buscamos la Fe... estamos cansados, tenemos hambre, todo lo que comimos durante el día fueron algunas galletitas agua, todo lo que nos espera son mas galletitas de agua y un largo regreso al hotel…

Alzamos los ojos todo en rededor duerme solo se escuchan las hojas bajo nuestros pies y nuestra respiración; la ciudad del Vaticano solo está a unos cuantos metros.. Entramos en otro país, en los dominios de otro rey: del puente al cielo. Majestuosa, imponente y siempre reinante la cúpula de San Pietro parece alejarse más y más a cada paso que caminamos, parece dormir entre luces doradas guardada por las doce estatuas de los santos apóstoles y la imagen reinante de Nuestro Señor resucitado y otra vez nos volvemos chiquitos… otra vez sentimos el peso de la tradición en nuestras sangres. Ninguno habla, nadie se atreve a romper este silencio que da calor al alma… en ese mismo lugar lleno de fe se siente la lucha entre el que no quiso servir y el que con su espada de verdad lo venció. Se siente el acecho, se siente y duele… la poca gente en la calle parece estar ajena a esa lucha, batalla que tendrá fin solo cuando Aquel al que crucificaron baje de nuevo de los cielos a juzgar a los vivos y a los muertos.

El aire se vuelve denso, el silencio agobiante, la sangre espesa y los parpados pesados, ya es hora de volver, de descansar los ojos y la mente para seguir sobre los pasos de tanta historia, tan nuestra, tan eterna como la misma Roma. Mañana será otro día y Dios dirá!