jueves, 17 de abril de 2014

Madera y cobre

Bajo el ventanal que se rompió tras la ultima tormenta, sobre el mueble que hace juego con el ropero heredado de mi abuela; duerme un cofre de madera y remaches de cobre que mi papá construyó con sus propias manos para una de mis hermanas y ella, en un acto de generosidad me lo dejó a mi cuando se casó.
Dentro de este cofre guardo cartas que datan de tiempos anti-siberneticos cuando la única forma de comunicarse con un amigo lejano era escribir sobre papel, ensobrar, colocar estampilla, llegar hasta el correo y depositarla... con suerte y mucha impaciencia de quince a veinte días mas tarde llegaba a destino. Algunas de ellas tienen en su remitente un nombre que no se corresponde con el firmante de la carta, eso sucedía cuando no se quería levantar sospechas a los familiares del destinatario sobre el verdadero autor: travesuras e inocencias del amor juvenil.
También conservo postales de viajes que otras personas han hecho,  papelitos de caramelos que me regalo un muchacho de ojos verde-miel una tarde entre las sierras, recuerdos de amigos que la vida ha alejad, invitaciones y participaciones: cuando era mas joven a fiestas de quince y ya de más grande a casamientos e incluso entierros... y las cuantas pagas de los servicios de los últimos tres años.
Y entre todos esos recuerdos que son tesoros ocultos y constituyen parte mi oasis; tengo un rincón reservado para mis escritos, se me escapa una leve carcajada: estuve a punto de escribir la palabra poesía y entendí que me quedaba demasiado grande.
Ninguno de estos escritos es digno de un análisis literario profundo: falta métrica, sobra sentimentalismo y tienen una gran ausencia de vocabulario. En definitiva derrochan inexperiencia. No lo dudo: soy una gran critica de mis propias obras, pero estas guardan una nostalgia tan grande, una abundancia de inocencia que logran volver a cautivarme.
Me transporto otra vez a mi adolescencia y me veo sentada en el piso frío de mi cuarto con el cuaderno de matemáticas sobre la cama como escritorio y sin resolver un solo ejercicio empiezo por garabatear un nombre en los margenes de una hoja. Lo garabateo improvisando estilos y sueño con una caminata bajo el sol con ese nombre pronunciado en mis labios, con la dulce sencillez de una niña que ha leído demasiadas novelas de Louisa May Alcott y se ha llegado a convencer a si misma de que algún día el héroe de uno de esos libros pasara a buscarla a la salida del colegio con una flor cortada del cerco del vecino y caminaran regreso a casa, él tomara su mano timidamente y al llegar al portal posara suavemente un beso en sus mejillas.
Suspiro al recordar esa inocencia y me sonrojo al reconocer que muchos años han pasado y ese sueño no ha cambiado. Claro que ya deje la escuela atrás...

A medida que el cuaderno se iba yenando de letras ya no quedaba lugar para las tareas y ejercicios de matemática: hacia falta empezar uno nuevo. En ese momento me encontraba ante una decisión crucial, debía deshacerme del block entero o debía conservar lo importante, lo trascendental? De un tirón y rápidamente, como si no quisiera que mi mano izquierda se enterara de lo que hacia la derecha, arrancaba todas las hojas garabateadas del cuaderno espiralado y arrojaba a la basura lo que no me servía: o sea mis ejercicios de matemática.

Hoy he desempolvado uno de estos escritos:

Mi alma:
Un cuaderno escrito
un poema inconcluso
que solo la muerte dará fin.
Un lienzo blanco
desteñido por el tiempo
y mis tristes pecados.
Borrador de promesas
jamas cumplidas
siempre olvidadas.
Manantial puro
que contaminé con injurias.
Manantial del que ya no beberé.

Mi alma:
No es mucho para Ti,
pero es todo lo que me queda
y la devuelvo a tus pies.
Toda tuya es,
siempre lo fue.

Mi alma,
perdonada ya infinitas veces.
Perdonala Señor una vez más
y por fin hallara paz.

Viernes Santo - 1999




sábado, 29 de marzo de 2014

Roma, Italia 25 – 10 – 2009

Primer día, el hostal estaba ubicado a unos 10 kilómetros de la capital, fue muy difícil de ubicar, tratar de cambiar el chip que uno tiene después de hablar dos meses en francés y pasarlo al italiano, tratar de pronunciar las palabras como si realmente fueran dichas en italiano, cuando en realidad seguimos hablando español o inglés o francés o incluso latín…no es cosa facil:
Después de instalarnos y recuperar aliento por el viaje en tren, decidimos colgarnos las mochilas al hombro y solo con una botella de agua bien fría y un par de galletitas de agua emprendimos el camino a pie hasta la magnífica Capital del mundo... dos horas y media más tarde con calor, porque aunque ya casi empieza el invierno Roma arde como en sus peores épocas, recargando la botella en fuentes públicas y almorzando solo lo que nos sobrara de nuestro paso por Turín, nos sentíamos tan felices como perdidos… y pensar que realmente todos los caminos conducen a Roma y nosotros fuimos a dar solo con el único que lo hacía pero de una forma zigzagueante.

Desde una de las siete colinas que rodean esta ciudad contemplábamos absortos las montañas sabiendo que era realmente lo único que no cambio y tratábamos de imaginar a Julio Cesar desde su palatino admirándolas también. En silencio, casi sin fuerzas y 2000 años después, tres argentinos nos quedamos sin aliento… unos enanitos comparados con ellas, hormiguitas que quieren creer que forman parte de la historia.

Como estos tres peregrinos, después del Cesar hubo millones, como los mártires del coliseo ninguno... esa sangre, esa sangre que se empapó en esas tierras que le dio vida a Roma que la hizo grande, que la hizo eterna y nosotros, minúsculos seres espiando por las rendijas, tratando de respirar del mismo aire, queriendo escuchar sus oraciones, sus cantos entre los rugidos de las fieras que esperaban darle muere y desmembrarlos hasta que sean lo suficientemente livianitos como para alzar vuelo y llegar a Dios... y otra vez nosotros entre payasos, que disfrazados de romanos de antes pero con zapatillas "all star" quieren venderme una foto con ellos y así profanar esa sangre... esa bendita sangre cristiana de los valientes de antaño. Dónde están esos cristianos?? en que catacumba de prejuicios humanos nos encerró el siglo 21? por qué los olvidamos? por qué dejamos de lado ese testimonio silencioso de miles de almas que dan gloria al creador, mientras alrededor suyo sus pares, sus compatriotas... sus familias gritaban como poseídos provocando a las fieras y a veces a los gladiadores para que terminen con sus vidas?
Oh!! Gloriosa muerte!!! Que cobardía, que tibieza de espíritu, si de verdad parece que los escuchara... siento que los veo de rodillas, los brazos en cruz, el alma en gracia conociendo y amando su muerte!!! Gloriosa muerte!!
El alma se acalla… busca el silencio y la ciudad ofrece ruido y miles de calles entrecruzadas e inescrutables, calles que se mezclan, que se funden... y en esas calles mas de 200 iglesias cobijan al Salvador, solo en ellas el exterior se queda donde está y uno vuelve a respirar la fe, en ellas los restos de los grandes Santos descansan en paz, reliquias y arte se esconden en ellas y se vuelven magnificas. Esas Iglesias de Roma que guardan secretos nos inundan de fe... pero solo una de ellas tiene una cunita, una cunita ahora guardada en cajita de oro, pero antes... ay!! Antes, hace más de dos siglos, esa cunita la improvisaron las manos fuertes de San José y esa cunita de madera simple y fría sostuvo el cuerpito del Niño Dios. Y pensar que fue el primer leño en el que se poso Su cuerpo, un leño de amor y Su Madre en ese momento, en que pensaba?? Habrá pensado en aquel otro leño?? En aquel otro de dolor, de redención? Seguro que sí. Y ese Niño?? Ese Niño bonito que la andaba adivinando su pesar, casi como para tranquilizarla en esa cunita chiquita, de madera y fría se quedo dormido... mientras afuera se escuchaba "Gloria in excélsis Deo" en canon por los ángeles… el ruido vuelve y caigo en la cuenta de que no estoy en Belén, no es Navidad y ya no hay ángeles o por lo menos no los puedo escuchar: esa cuna ahora está rodeada de ojos curiosos que no saben ni siquiera que está ahí... Porque en Santa María la Maggiore no hay cartel que indique la excelencia de lo que guarda ese cofre... y creo que es mejor así, El siempre se esconde... y yo quisiera que se escondiera siempre dentro mío.


Dejamos atrás Santa María y nuestros pies nos llevan hasta la Nueva Vía Appia y por ella nos alejamos sin mucho rumbo, la noche va cubriendo nuestros pasos y la luz de las calles se vuelve dorada… finalmente nos reconocimos perdidos y decidimos retomar el camino de vuelta… porque el hecho de que todo conduzca a Roma hace más difícil la ida a cualquier otro lugar.

El Tiber zigzagueante y la noche ya entrada, cálida de otoño, las hojas de los arboles nos dan un colchón húmedo sobre el cual caminar... la ciudad parece de fuego. Por la orilla del rio buscamos a San Pedro... buscamos la Fe... estamos cansados, tenemos hambre, todo lo que comimos durante el día fueron algunas galletitas agua, todo lo que nos espera son mas galletitas de agua y un largo regreso al hotel…

Alzamos los ojos todo en rededor duerme solo se escuchan las hojas bajo nuestros pies y nuestra respiración; la ciudad del Vaticano solo está a unos cuantos metros.. Entramos en otro país, en los dominios de otro rey: del puente al cielo. Majestuosa, imponente y siempre reinante la cúpula de San Pietro parece alejarse más y más a cada paso que caminamos, parece dormir entre luces doradas guardada por las doce estatuas de los santos apóstoles y la imagen reinante de Nuestro Señor resucitado y otra vez nos volvemos chiquitos… otra vez sentimos el peso de la tradición en nuestras sangres. Ninguno habla, nadie se atreve a romper este silencio que da calor al alma… en ese mismo lugar lleno de fe se siente la lucha entre el que no quiso servir y el que con su espada de verdad lo venció. Se siente el acecho, se siente y duele… la poca gente en la calle parece estar ajena a esa lucha, batalla que tendrá fin solo cuando Aquel al que crucificaron baje de nuevo de los cielos a juzgar a los vivos y a los muertos.

El aire se vuelve denso, el silencio agobiante, la sangre espesa y los parpados pesados, ya es hora de volver, de descansar los ojos y la mente para seguir sobre los pasos de tanta historia, tan nuestra, tan eterna como la misma Roma. Mañana será otro día y Dios dirá!

lunes, 10 de febrero de 2014

En la Tierra de los Espejos

Pase dos horas y quince minutos casi-parada o semi-sentada incómodamente, buscando posición en el mismísimo rutinario 60 de todos los días, el de las 19.17 que siempre pasa a las 19.48 o a veces 19.12 y lo pierdo… y otras 19.59 y lo espero de más, en fin… el mismo cuento.
Tan incómodamente venía de espaldas al mundo y al ventanal, con el bolso de un viaje fugas, como suelen ser todos mis viajes últimamente y el cansancio de nunca acabar como vienen siendo mis cansancios lamentablemente; que hasta pase de largo la esquina de Palermo sin darme cuenta y eso agravó mi malestar. Eso y el hombre poco higiénico que de pie frente a mi también buscaba posición, y entre su camisa a cuadros que se desfiguraban por su contorno, sus bombachas de gaucho gastadas y las alpargatas húmedas lo único que me desequilibro mentalmente fue darme cuenta que el hombre de barba sufría la humedad capilar de igual manera que yo. La similitud entre su larga y ondulada cabellera con la mía fue atroz, lo sentí como un insulto a mi propia femineidad: me ha tomado largo años de varios intentos fallidos el domar mis rulos y ahora que me siento cómoda con lo único que, creo yo, me otorga personalidad; me encuentro frente a este pecado de estética: ese hombre me robo mi cabeza!
Intente mirar por la ventana el atardecer entre nubes grises y respirar aire puro, si es que hay aire puro en la pecera en la que se ha sumergido la ciudad desde hace ocho días. Todo fue en vano. Intente subir el volumen a la canción que escuchaba en el auricular del teléfono, la misma canción que venia tarareando desde las nueve de la mañana. También en vano, volumen al máximo y aun así podía escuchar la conversación de la señora que, semi-sentada como yo, mantenía con su hija: hablaba de un bebe que acaba de nacer y lo feliz que eso la hacia; por un instante un pensamiento cruzó por mi mente y fue rápidamente rechazado, no podía pedirle que se callara o que moviera su mano del caño del que estaba sujeta porque mi espalda estaba también apoyada en él y me hacia cosquillas, por el simple hecho de que no tengo cosquillas y porque en realidad pensé con resignación “que más da, estamos en la misma incomodidad después de todo”.

Finalmente el hombre que me había robado el peinado bajó, la mujer logró seguir su conversación desde la comodidad que le otorgaba un asiento y las caras del 60 se fueron renovando hasta que caí en la cuenta de que la única que seguía allí desde el inicio del trayecto era yo, el resto de mis compañeros fortuitos de viaje ya habían llegado a destino. Y yo seguía escuchando la misma canción (la misma que estoy escuchando en este momento mientras escribo, la misma de esta mañana). Una lágrima de nostalgia fue contenida a tiempo, inexplicable, me sorprendió. No siempre me pasa, casi nunca me pasa… casi nunca las dejo acercarse hasta ese punto tan peligroso. Solo les permito camuflarse entre la emoción de una buena película o una no tan buena. Ni siquiera cuando estoy sola, eso jamás, nunca es bueno. Pero ahí estaba y era innegable: quería salir. No tuvo tiempo, el puente del río y la plaza húmeda iluminada por los faroles me avisaban la parada. Había llegado a casa.

La misma canción. El portón de casa que cuando llueve no chilla disimuló mi llegada al hogar, para todos… excepto  para el lobo negro que corrió a mis pies y saltó sobre mi bolso y movió el rabo en señal de feliz bienvenida, Una caricia y una mueca casi una sonrisa fue todo lo que el pobre animal recibió a cambio de su efusividad. Estaba cansada.
Cuando subí a mi cuarto y encontré la luz del velador mientras me chocaba con los muebles me di cuenta que en mi ausencia no solo había llovido afuera: una alfombra  de toallas mojadas cubrían el suelo. Las pateé con bronca y abrí la ventana; en el instante en que prendí un cigarrillo, por un descuido la lágrima escapó y a ella le siguieron otras. Y atreves de ellas creí ver que el charco del jardín se convertía en otro mundo: en un mundo reflejado y patas para arriba. Recordé al inocente Smith para el cual “el cielo de abajo parecía aun mas hueco que el cielo de arriba: sentía la horrible impresión de que si contaba las estrellas, en el charco sobraría una.”1. En mi charco no se si sobraba la luna, pero ahí estaba, no era redonda, no era feliz, pero se abría paso entre las nubes del cielo, tanto arriba como abajo. Algo en esa luna terrible patas para arriba volvió a acomodar el cause de las cosas y aunque los motivos del desagüe seguían vigentes de pronto no parecieron tan importantes, ni tan graves como la luna que ondulaba entre el pasto que asomaba entre ella y me pareció tan pequeña y prisionera de su propia soledad, mucho más cercana de lo que nunca había estado.

Sequé mis lágrimas y mis ojos subieron y bajaron del cielo al charco. La tormenta había terminado y la canción fue finalmente interrumpida por una voz en el teléfono que sonó como un reflejo de ese charco. Volví a recordar a Innocent Smith por aquello de “hay una verdad mística, una verdad hasta monstruosa, en el hecho de que dos cabezas valen más que una. Pero ambas deberían brotar de un mismo cuerpo.”2




1-2: pag 133; pag 135. Hombrevida, Gilbert K. Chesterton. HUEMUL.