jueves, 19 de diciembre de 2013

Cuando un gesto

El calor de diciembre se hacia sentir, los atardeceres comenzaron a llegar más tarde y más coloridos, superponiéndose con la salida de la luna, las primeras criaturas del verano se aventuraron a salir de su letargo invernal: bichitos de luz pululaban por el parque, los sapos y grillos entonaron su canto dormido durante meses, aquí y allá se comenzó a oír alguna que otra ave preparando su nido; los campos se tornaron verdes y los frutos maduraron en sus arboles. Y esa noche la luna brillaba en todo su esplendor, eterna, redonda, blanca casi fría como trayendo el alivio para el arduo día. En el aire se sentía el olor a pasto recién cortado y a caña quemada y el calor empezaba a menguar.
Tomo un libro en una mano y una silla en la otra y se sentó en la galería, frente a la puerta abierta de par en par. Desde el interior la luz de la casa y la música llenaban en ambiente, pero en el exterior todo era oscuridad y silencio, de tanto en tanto las ramas de los arboles se agitaban por el viento y podía ver la luna, entonces sonreía. De tanto en tanto levantaba sus ojos del libro y miraba el largo camino bordeado de eucaliptos, como en la espera de ver a alguien atravesándolo y entonces recordaba que nadie vendría.
Su larga pollera floreada rosaba el piso y cubría sus pies descalzos, protegiéndola de los mosquitos. A su lado y en silencio había otra silla ocupada por una muchacha en la misma posición que ella, pero esta bordaba. Las dos estaban demasiado concentradas en sus tareas como para hablarse, pero las dos se hacían perfecta compañía. Disfrutaban de esa clase de amistad que no necesita palabras, que puede expresarse con solo miradas y que algunas veces son incluso más elocuentes.
Se escuchó desde adentro una voz de madre llamando a los niños a bañarse y se escuchó la rezongona respuesta de estos. Se sintió el aroma que salía del horno y escapaba por las ventanas; aroma a comida casera de madre, aroma a familia reunida alrededor de una mesa. Se escuchó también una zamba enamorada que alguno de los muchachos cantaba desde su cuarto y que se escabullo por el pasillo sin que este se diera cuenta y llegó hasta los oídos de ella y la hizo sonrojar sin levantar la vista de las paginas de su libro.
Los faroles del parque apenas iluminaban las letras, pero sus ojos se movían sobre ellas y las absorbía pero no como cuando uno tiene sed y se le da agua fresca. No en un afán de conocer el final del libro, si no más bien disfrutando cada palabra como quien abraza a un viejo amigo por mucho tiempo alejado y descubre lo cercano que siempre ha estado y lo poco que ha cambiado. El libro era nuevo, pero no su contenido, había leído esos mismos textos en otras tapas, tres, cuatro y cinco veces; y aun así su corazón se aceleraba o se sorprendía con párrafos que reinterpretaba. O disfrutaba volviendo atrás y releyendo alguno de sus pasajes favoritos.
 Y así pasaron las horas, el sol termino de ocultarse y la luna ya no necesitaba del viento en los eucaliptos para mostrarse radiante y altanera. Cada tanto el gato curioso se aventuraba cauteloso hasta los pliegues de su falda buscando una caricia que no encontraba y entonces se alejaba ronroneando descontento para volver a intentarlo luego.
Los niños se bañaron y siguieron con sus juegos, el humo en el horno llamo corriendo la atención de la madre que desde adentro protestaba porque se quemaba su comida; pero ni siquiera el ruido de la silla que el cantor de zambas arrastró hasta ubicarla al lado de ella hicieron que saliera de su aparente estado hipnótico. Traía en la mano una botella fría de cerveza y un vaso haciendo peligrosamente equilibrio que casi termina hecho añicos en el suelo cuando el muchacho intento abrir la botella y servirse el contenido todo en un solo movimiento. Fue recién entonces que ella lanzó una mirada disimulada de reojo hacia su amiga y las dos sonrieron cómplices sin levantar la vista, una de su bordado, la otra de su libro. Él se empeñaba en lograr su difícil misión y al mismo tiempo deseaba captar la atención de la esquiva señorita, tal vez solo por aburrimiento o por afán de molestar  empezó a parlotear de cosas que ella no recuerda y después de hacer rebalsar el vaso con más de lo que podía soportar se levantó dejando abandonada la botella sobre la silla y se retiró vencido. Fue entonces cuando ella habló aun sin despegar el libro de su nariz y sin que él pueda escucharla respondió a una pregunta nunca formulada  –“No gracias, no quiero tomar…”. Buscó otro vaso, volvió a su lugar, lo llenó, sorbió un trago y apoyándolo sobre la silla que había dejado vacía el joven continuo su lectura.

La zamba volvió a oírse por el pasillo y el muchacho está vez consiente de ser oído se aproximó hasta su antiguo lugar, tomó el vaso de ella por error vaciándolo completamente.
Entonces ambas muchachas estallaron en risas ante la mirada sorprendida del joven y la noche se llenó de luz.