Y aunque no tenía zapatitos mágicos siguió caminando. Porque en realidad nunca tuvo zapatos mágicos, cuando tenés tres años los zapatos son molestos, se interponen entre el placer de sentir el pasto húmedo en la planta del pie y sentir el barro escurrirse entre los dedos y el posible chirlo de mamá por andar en patas.
Con zapatos, zapatillas, alpargatas correr se convierte en deporte (y si es con ojotas deporte extremo) pero no en diversión... Todos sabemos los riesgos de subir a un árbol con las zapatillas puestas un resbalón te puede costarte un porrazo.
Si tuviera los pies encerrados, como me dijo una vez, no sabría donde conviene pisar para no clavarse espinas.
Los zapatos son un invento que nos ponen los pies blanditos y al final duele más andar y dan olor a pata. Como las botas de lluvia, pero ahí es distinto porq a siempre pasa lo mismo, haces berrinche por ponerte las botas y a los 15 minutos de chapotear tenes los pies pringados y queres terminar con la tortura... Como con los pirulines, pero eso ya es otra historia.
La cosa es que tenía los pies libres, y un vestido de princesa, porque su mamá se lo puso y como buena mamá le dijo que ella era una princesa. Y aunque no tenía idea de lo que significaba ser una princesa y menos una de cuento, ella siguió con sus juegos de la forma esperable: esquivando espinas, cantando una canción repetitiva pero con vestido celeste y rosa de raso brillante y moños de tul.
En eso estaba cuando la ví venir salticando y se detuvo en seco cuando me vio, sonrió cuanto le daban sus cachetes, que creanme es mucho y en un gesto completamente torpe e inocente se agarró el vestido desde los talones y levantándolo hasta las rodillas improviso una reverencia al grito de "soy una princesa!! Mira! No tengo zapatos!" Como si no tenerlos fuera condición fundamental para ser de la realeza, como si por tenerlos ya no tuviera que proclamar su trono. Y sobretodo como si esperará mi aprobación.
Se vengó a su modo de mi insurrecta carcajada y retomando carrera se me colgó del cuello haciéndome caer de traste y me estampó un beso.
Ahí tendida en el piso por la cariñosa estampida entendí dos cosas, la primera es que ella nunca se creyó princesa, sabe que no lo es, sabe que todo esto es parte de jugar a ser otra cosa por un rato, que el trato que merece no lo gana su vestido y la segunda... Bueno, ahora andamos descalzas las dos con los pies sobre la tierra y el corazón en el cielo. Devolviendo besos a los que se burlan de los pies desnudos.
Y creo que en realidad en eso radica la realeza.
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