Bajo el ventanal que se rompió tras la ultima tormenta, sobre el mueble que hace juego con el ropero heredado de mi abuela; duerme un cofre de madera y remaches de cobre que mi papá construyó con sus propias manos para una de mis hermanas y ella, en un acto de generosidad me lo dejó a mi cuando se casó.
Dentro de este cofre guardo cartas que datan de tiempos anti-siberneticos cuando la única forma de comunicarse con un amigo lejano era escribir sobre papel, ensobrar, colocar estampilla, llegar hasta el correo y depositarla... con suerte y mucha impaciencia de quince a veinte días mas tarde llegaba a destino. Algunas de ellas tienen en su remitente un nombre que no se corresponde con el firmante de la carta, eso sucedía cuando no se quería levantar sospechas a los familiares del destinatario sobre el verdadero autor: travesuras e inocencias del amor juvenil.
También conservo postales de viajes que otras personas han hecho, papelitos de caramelos que me regalo un muchacho de ojos verde-miel una tarde entre las sierras, recuerdos de amigos que la vida ha alejad, invitaciones y participaciones: cuando era mas joven a fiestas de quince y ya de más grande a casamientos e incluso entierros... y las cuantas pagas de los servicios de los últimos tres años.
Y entre todos esos recuerdos que son tesoros ocultos y constituyen parte mi oasis; tengo un rincón reservado para mis escritos, se me escapa una leve carcajada: estuve a punto de escribir la palabra poesía y entendí que me quedaba demasiado grande.
Ninguno de estos escritos es digno de un análisis literario profundo: falta métrica, sobra sentimentalismo y tienen una gran ausencia de vocabulario. En definitiva derrochan inexperiencia. No lo dudo: soy una gran critica de mis propias obras, pero estas guardan una nostalgia tan grande, una abundancia de inocencia que logran volver a cautivarme.
Me transporto otra vez a mi adolescencia y me veo sentada en el piso frío de mi cuarto con el cuaderno de matemáticas sobre la cama como escritorio y sin resolver un solo ejercicio empiezo por garabatear un nombre en los margenes de una hoja. Lo garabateo improvisando estilos y sueño con una caminata bajo el sol con ese nombre pronunciado en mis labios, con la dulce sencillez de una niña que ha leído demasiadas novelas de Louisa May Alcott y se ha llegado a convencer a si misma de que algún día el héroe de uno de esos libros pasara a buscarla a la salida del colegio con una flor cortada del cerco del vecino y caminaran regreso a casa, él tomara su mano timidamente y al llegar al portal posara suavemente un beso en sus mejillas.
Suspiro al recordar esa inocencia y me sonrojo al reconocer que muchos años han pasado y ese sueño no ha cambiado. Claro que ya deje la escuela atrás...
A medida que el cuaderno se iba yenando de letras ya no quedaba lugar para las tareas y ejercicios de matemática: hacia falta empezar uno nuevo. En ese momento me encontraba ante una decisión crucial, debía deshacerme del block entero o debía conservar lo importante, lo trascendental? De un tirón y rápidamente, como si no quisiera que mi mano izquierda se enterara de lo que hacia la derecha, arrancaba todas las hojas garabateadas del cuaderno espiralado y arrojaba a la basura lo que no me servía: o sea mis ejercicios de matemática.
Hoy he desempolvado uno de estos escritos:
Mi alma:
Un cuaderno escrito
un poema inconcluso
que solo la muerte dará fin.
Un lienzo blanco
desteñido por el tiempo
y mis tristes pecados.
Borrador de promesas
jamas cumplidas
siempre olvidadas.
Manantial puro
que contaminé con injurias.
Manantial del que ya no beberé.
Mi alma:
No es mucho para Ti,
pero es todo lo que me queda
y la devuelvo a tus pies.
Toda tuya es,
siempre lo fue.
Mi alma,
perdonada ya infinitas veces.
Perdonala Señor una vez más
y por fin hallara paz.
Viernes Santo - 1999
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